Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

sábado, 21 de marzo de 2009

OJO QUE ES EN JODA




Hoy vengo a entregarles el primer Capítulo de mi libro UN DIOS PARA CADA UNO, pero debo advertir dos cosas: todo lo que lean es humor, ya que el libro es un ensayo satírico, de modo que no es necesario que vengan a catequizarme, porque ninguno de los personajes que describo me representa. Tampoco son exactamente como los pinto, aunque algunos se parezcan bastante a seres de mi historia.



En segundo lugar, si bien pueden leer cada capítulo de manera individual, yo les recomiendo que vayan a la etiqueta UN DIOS PARA CADA UNO, y lean todos los posts de más viejo a más nuevo. O sea: vayan al fondo y luego vengan subiendo post a post hasta llegar a éste para recién abocarse a su lectura.



CAPÍTULO 1

El dios de mi tía Finita

Describir al dios de mi tía Finita, es describir a mi tía Finita, ya que ella ha creado a dios a su imagen y semejanza.

Tía Finita es toda ella como su apelativo, aguda, larga, con muchas íes en su fisonomía toda. Eligió por su propia decisión el sobrenombre que luce, ya que su nombre es muy poco de salón.

Para todos es la Niña Finita, ya que dos cosas hay que jamás ha confesado: la edad y el nombre.

Deja que sus conocidos especulen entre aristocráticas denominaciones como Delfina, Serafína o Josefina; sólo por no asumir que fue castigada por el sino con un bautismo abominable.


¿Cómo pudo abuela Marina cometer el crimen nunca purgado de llamar a su primogénita con tan vulgar engendro como Rufina? Pero Tía Finita ha sacado de ello el máximo provecho, autonominándose con tanta galanura, que después de todo este tiempo, ya sabemos que tía Finita sólo podía llamarse Finita.

Es finita de figura, de modales, de gusto, de sonrisa, de voz y de punto de vista. Su visión del mundo podría, como ella, guardarse en un portaagujas. Es ya proverbial la estrechez de sus esquemas, y la insobornable dicotomía de sus juicios: lo bueno y lo malo, la actual y lo demodé, lo lindo y lo feo, lo bien y lo ordinario; los malos y yo.

Este planteo egocéntrico es formulado con tanta solidez, y sostenido con tal convicción, que cada una de sus afirmaciones se convierte necesariamente en dogma… para ella al menos. En razón de esta alquimia, no logra comprender que sus aseveraciones sean por alguien cuestionadas.

No cabe argumentar con ella, todo lo que puede esperarse es la sonrisa contemporizadora de quien conoce la verdad, y acepta las inocentes preguntas de un niño, con la paciencia propia de un ser superior, no dispuesto a perder su tiempo en ingenuidades. Invariablemente, ante todo planteo crítico, sonreirá afablemente, y ofrecerá una taza de té con una masita, como quien distrae con un juguete los caprichos infantiles.

Su Dios es como ella: perfecto, inalcanzable, paquete, incontaminado, un dios fácil de querer porque es tan fino y tan gentil.

Un dios, por otra parte, vestido pulcramente, y con los gustos de un gourmet.


Un dios, que aún enojado, castiga con altanera frialdad. Sin apasionamiento, sin enojo, es un dios que le da a cada uno lo que se merece, por una mera conciencia de clase y de orden, sin ninguna emoción, pero con un gran “savoir-faire”.

Finita entiende y reverencia al Dios Rey, ordenado, metódico, creador de un sistema natural en el que, por cierto, encuadra al orden social establecido.

Finita recoge sus dogmas de un modo heterodoxo, dentro y fuera de la naturaleza, pero atribuyendo a todo una completa inmutabilidad.

Su credo básico podría ejemplificarse más o menos así: “Dios creó al mundo, y por eso es su propietario”.

“Las manzanas siempre van a caerse de arriba hacia abajo, por mandato divino”.

“Los pobres serán siempre pobres, porque tal es su naturaleza”.

“Es inútil educar a un peón, porque de todos modos, su comprensión es limitada”.

“Los explotados han de asumir que lo son por la voluntad del Señor”.

“Dios nos hizo a algunos ricos y a otros no, como hizo los distintos climas, y ¿puede acaso el clima cambiarse?”.

Por otra parte, Finita no es criticable; sus aseveraciones carecen por completo de malicia.


Ella cree firmemente en todos esos postulados; y los cree a través de una absoluta coherencia. Si tuviera ella la necesidad de analizar sus elucubraciones teosóficas, podría quizás proceder más o menos así:

1º Yo tengo fe en Dios. No necesito demostrarlo porque se trata precisamente de una cuestión de fe.

2º Si creo en Dios, sin poner a prueba su credibilidad ¿por qué habría de dudar de la veracidad de sus representantes terrenales? (Huelga decir que está completamente fuera de discusión quiénes son esos representantes, cómo son reconocidos; cuál es su grado de falibilidad etc., etc.).

3º Y si sus representantes terrenales, es decir curas, iglesias, monjas, santos, beatos, vírgenes y viudas abogan perseverantemente por la conservación del orden establecido (puesto que “sus” curas jamás serían tercermundistas o alguna otra versión “rara”), puede deducirse, más allá de toda duda razonable, que lo establecido es algo así como la verdad celestial impuesta por Dios en la tierra.

4º De donde puede igualmente deducirse que todo cambio, cuestionamiento o sugerencia de alguno de ambos, es más que subversión: es blasfemia.

Sólo un blasfemo puede dudar de que Dios eligió a los poderosos para serlo, por sus virtudes; y a los oprimidos por su paciencia (para lo cual los capacitó para esperar hasta la otra vida por sus reivindicaciones).

5º Sólo un hereje puede imaginar que la desaparición de las categorías raciales puede provenir de un cambio mental; ¿acaso no sabemos que dios dispuso las diferencias étnicas para que la “gente como uno” no deba sobrellevar el peligro de entablar una relación equivocada, con gente definitivamente fuera de su casta?.


En su infinita sensatez, Dios ha pintado por fuera a las personas, para evitar el bochorno, de descubrir demasiado tarde que algún merodeador advenedizo, con sangre de otros tonos, se ha infiltrado en nuestros sentimientos.


¿Descubrir, por ejemplo que nuestro cuñado es negro, por un azar fortuito, asentado tal vez en los papeles pero no en la piel? ¡ABOMINACIÓN!

Ésta es en suma la oración de cabecera de mi tía Finita:

“Gracias, Dios mío, que hiciste bien el mundo, y encima fuiste tan elegante como para ponerme del lado de los buenos. Soy tu segura servidora. Ayúdame a permanecer para siempre incontaminada, lejos del mundanal ruido con su polución ambiental; de los colectivos atestados, de la gente común, de lo vulgar, de la indecencia, de la falta de decoro, de la pobreza, el mal gusto, y la necesidad de trabajar en relación de dependencia.

Realmente puede decirse que eres un DIOS BIEN, que así para siempre te conserves. Cuentas con mi mayor beneplácito, y me comprometo a defender eternamente el orden divino que en nuestra vida has instituido. AMÉN”.




Ahora vayan nomás a votar y nos vemos el sábado Un beso Graciela


P:S: Las fotos son, obviamente, alevosos robos a mano desarmada de cadenas de mails que recibo.

3 comentarios:

Carlos Alberto Arellano dijo...

Graciela:

Muy impresionante tu descripción de la tía Finita.

Porque todo tiene que ver con todo, solamente por eso y por ninguna otra razón, y dejando aparte a tu tía Finita (a la que sólo conozco por tus comentarios en esta entrada, jamás he cruzado una palabra con ella), tus reflexiones, Graciela, me trajeron a la mente a Aristóteles, a Samuel Wilberforce (el Obispo de Oxford) y a Mildred Ratched (la enfermera de «Atrapado sin salida», de Milos Forman)

Muy buena entrada.

Saludos.

Roy Jiménez Oreamuno dijo...

Esa tía se las traía, muy perspicaz, y tenias razón no eres ninguno de los personajes ahí creados por vos. Algo si noto en tu escrito, mencionas a Dios y creo que en una entrega anterior hablas también de Él, así que es ahí donde yo te encuentro.
Saludos

Graciela L Arguello dijo...

Roy Esa descripción de la tía Finita me valió el enojo de tías que no eran ella, pero creyeron serlo y se ofendieron muchísimo. El humor satírico tiene sus costos.
Y como esto forma parte de un libro completo, nos vamos a encontrar muchas veces en esas reflexiones sobre dios y lo que la gente genera a su alrededor.

Carlos Alberto ¡Caramba! Aristóteles ¿no será mucho?

Un beso a ambos y gracias por pasar Graciela