Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

sábado, 27 de julio de 2013

¿Qué tal otro poco de mi libro?



Como hace bastante que no avanzo con esta sección fija, me parece un buen momento para compartir con ustedes un nuevo capítulo de Un dios para cada uno, ese libro que publiqué tantos años atrás, y que fue un worst seller, sin niguna duda.
Ya saben que si quieren leer el libro completo, sólo tienen que entrar en la etiqueta Un dios para cada uno  de este blog, y comenzar a leer desde lo más viejo a lo más nuevo, como se hace en todo blog que se precie.


Capítulo 10. El dios del cura Serafín.

La descripción de este dios va a dolerme, porque de alguna manera lo quise en mi infancia y me defraudó en la adolescencia. O tal vez, quiero decir que admiré al cura Serafín hasta que mi mirada crítica lo presentó con todos sus prejuicios ante mi razón en ciernes, que quería por sobre todas las cosas, pensar sin fronteras. Y allí, me alejé de uno los dioses que pudieron haberme atrapado.

Un dios aposentado en las horas de Religión de mis estudios primarios, promocionado por ese cura inteligente, buen decidor, e histriónico intérprete de sabrosas homilías domingueras, a las que prestábamos ávida atención, aun desde nuestros cortos años, y nuestros más cortos conocimientos, porque estaban siempre llenas de sorpresas.

El cura Serafín sabía su oficio. Matizada bellamente los comentarios eruditos con las metáforas poéticas, o las más amenas anécdotas pueblerinas. Era una fiesta oírlo, desafiando nuestra curiosidad con miles de propuestas divertidas. Entre los dioses que conocí en la niñez, el del cura Serafín, era sin duda el más convincente y el más entretenido. Era un dios que contaba historias creíbles entrelazadas sutilmente con la milagrería justa para atrapar a los dos extremos más exigentes de su público: los intelectualizantes y los esotéricos.

Este dios culto y diplomático, era un verdadero experto en Relaciones Públicas, un promotor publicitario, un ejecutivo especializado en el manejo del mercado. Por algunos años, hasta la pubertad, yo formé parte de ese mercado, del cual huí despavorida cuando empecé a descubrir que este dios no se manejaba con conceptualizaciones, sino con slogans. Cuando lo encontré mimetizándose en sus estrategias con los publicistas, y cuando comprendí que todo lo esquematizaba, que todo lo reducía a diagramas de  flujo y respuestas de marketing. Cuando respondió a las preguntas e inquietudes propias de la crisis adolescente, con docenas de clisés, locuciones latinas, párrafos de poemas, proverbios chinos y refranes populares; este dios que había deslumbrado la mente pueril, se me presentó como lo que hoy todavía me parece: un reverso de almanaque, de ésas que al deshojarse nos regalan frases como “No canta quien tiene ganas sino el que sabe cantar” o “Por la Cruz se va a la luz” o “Más vale pájaro en mano que ñandú  correteando por el patio”.

Este dios que fue casi mío me dejó las manos vacías, y la mente defraudada preparándose para u otro inventaría en la adolescencia, y que describo más adelante, también con nostalgia, porque también se esfumó en el pasado.

Y antes de despedirme de ustedes hasta el próximo sábado, les recuerdo que Basia está jugándose sus últimas chances de adopción antes de dejar el espacio a otro adoptable del refugio S.A.L.V.A.R.

Un beso, Graciela.

2 comentarios:

Terox dijo...

Y ese dios tiene muchos familiares acampados en la "New Age" también...

Graciela L Arguello dijo...

Así es Terox , pero en general cada dios tiene una vastísima parentela. Un beso