Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Sigue el dios para cada uno.



Hoy avanzamos con un capítulo más de mi ensayo satírico "Un dios para cada uno" que publiqué hace ya más de 20 años

Capítulo 14

El de mi Hermano Que Amaba Lo Viviente.

Este hermano mío era lo más definitivamente panteísta que se me cruzó en la vida; es decir que su dios lo habitaba todo. Por sobre todas las cosas era un dios travieso y juguetón, que se proponía ponernos a prueba en cada instante, para comprobar cuánto de real tenía nuestro declamado amor por los semejantes. Sólo que además nos exigía amor por los no semejantes. Hacia toda la materia viva. Estuve a punto de decir materia orgánica, pero ni siquiera el panteísmo de mi hermano era tan universal como para amar la materia fecal, por ejemplo, por más orgánica que resulte el cabo y a la postre.
Con ésa y otras pocas excepciones, todo lo viviente, lo vital o lo sufriente, le merecían respeto, comprensión y amor.
Era el representante terrenal de un dios nada clasista ni selectivo, capaz de protegerlo todo, de entenderlo todo, de quererlo todo. El dios de mi Hermano Que Amaba Lo Viviente se divertía confundiéndonos con sus permanentes mutaciones. Un día era una perra sarnosa y embarazada, que exigía cuidado y  refugio hasta superar ambos trances, y conseguir además un hogar permanente para sí, y otros tantos para sus crías.
Tarea para mi Hermano. Después era una paloma herida o un canario extraviado. A la semana era una mucamita que lloraba en la plaza, por un despido injusto, a la cual había que conseguir trabajo, movilizando para eso a amigos, parientes y vecinos, muchos de los cuales no sólo no ayudaban, sino que obstaculizaban con su desconfianza o su maledicencia. Alguna vez, este dios bromista fue también un casi suicida requerido de apoyo moral, o un jubilado ávido de conversación, que esperaba con paciencia la llegada de este loco lindo, que prefería escucharlo a él, antes que ir al cine. O era también una vieja muy vieja que le confiaba sus cuitas, y a la que redimía del abandono a que le sometían sus propias hijas.
Este dios extravagante, que se metía en todos los seres vivos para examinar a mi hermano, curiosamente se traicionaba a sí mismo, fundamentalmente en tres encarnaciones: los perros, los viejos y los chicos, que lo amaban incondicionalmente en lugar de ponerlo prueba como los demás seres vivientes (sobre todo los demás humanos que le devolvían su calidez trocada en desengaño); tal como creo yo que era el plan de dios que quería desafiarlo y tantearlo hasta el límite.
Este dios que mi hermano honraba con sus actos, no exigía reverencia ni adoración, por eso no vacilaba en ser chimpancé o guanaco. No inventaba mandamientos ni preceptos, sacramentos ni liturgias. No organizaba jerarquías eclesiásticas ni imponía diezmos para el mantenimiento del culto. Era un dios anárquico e improvisador, sin otras leyes que las de la Naturaleza; tan parecido a mi hermano, que él no le reconocía categoría divina. Para él amar lo vivo, era un mandato genético, en ningún caso mandato divino. No le significaba un esfuerzo voluntario, era un movimiento natural. Protegía, cuidaba y ayudaba por compulsión, no por convicción. Se habría asombrado si alguien le hubiera elogiado su conducta ética. ¿Qué ética?, ¿cuál conducta?
Los suyos eran los impulsos generosos de un corazón minusválido, porque entre los humanos, un corazón inocente, es decididamente una discapacidad. Incapacidad que sólo su dios apreciaba, razón por la cual después aprobarle su enésimo examen, lo doctoró en Amor y lo incorporó definitivamente al indeleble recuerdo que dejó entre nosotros, cuando se fue ¡ay! demasiado pronto, y dejando demasiado solos a muchos desvalidos que contaban con él, para alivianar sus respectivas cargas.
El dios de mi Hermano Que Amaba Lo Viviente podría haber sido el mío. Él podría habérmelo dejado en herencia y custodia, si no fuera por una disfunción que me aqueja, según la cual amo a los perros, a los caballos, a los osos y los elefantes, pero ¡puaj! No me nombren las cucarachas, los chelcos, las arañas ni los usureros. La invencible repugnancia que me provocan los ofidios, (sean éstos reptiloideos o bípedos parlantes) y la incapacidad total para bancarme la charla insulsa de los parientes (sobre todo los parientes políticos, y en esta última categoría también los que no son parientes), me vedan por completo el ingreso a la cofradía a la que perteneció mi Hermano Que Amaba Lo Viviente. Cofradía de la que además sospecho que estaba muy lejos de saturarse con aspirantes a ingreso, y que tal vez ha debido hasta jubilar a ese panteico dios que lo caracterizaba, por carencia de fieles que lo apuntalen. 

Y si ustedes quieren parecerse a mi Hermano, el que ya no está, les presento a Angelito, que espera por una familia que lo redima de la soledad.
Un abrazo y hasta el próximo sábado. Graciela.

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