Bartimeo, Federico Alfonso y Elvira Inés, los ángeles del blog.

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sábado, 30 de enero de 2021

Una lejana confesión

Hoy les presento algo que escribí hace muuuuuchos años. A veces me asombra su vigencia.



Estaciones.
 Por Graciela L. Argüello.
            Antes, cuando amaba, el verano era mi amigo. Cuando yo misma me sentía sol, y risa y luz, las largas jornadas del estío, líbres y mías, me parecían lo perfecto. Y andar, sin sueño, por las noches de calor, abrazada por la luna, y cobijada en el rocío, dejaba tan atrás mis tristezas, que casi podía creer que no habían sido nunca.
Y estaba el que yo amaba, ardientemente alerta a cada retazo de posible desnudez; y estar juntos, leves de ropa, liberaba para nuestras manos tantas sendas al amor y a la caricia, que el invierno con sus fríos, se nos antojaba un ladrón, un enemigo, que limitaba largamente los contactos, y los juegos piel a piel.
            Por eso amaba el verano, como amaba al olvidado, que también me olvidó. Hoy que ya no escucho su voz acariciando mi oído, y que he extraviado en un remoto pasado las palabras del amor, hoy que ya no vibra a mi lado el susurro grave y tierno de un hombre enamorado; hoy, que estoy sola, y algo triste, es el invierno mi aliado.
Porque la brevedad de sus días me regresa prontamente a la quietud de la almohada, donde recupero en sueños algo de todo lo perdido. De lo que ya no es. De lo que no será.
            Porque cuando me ciño el abrigo, por un instante creo que esa tibieza tiene algo de humano, y entre toda esta soledad, es lo que más se parece a un abrazo.
Porque caminar el frío consuela casi tanto como una voz querida.
          Y porque hoy, pese a lo mucho que me gustó el verano, caminar por sus atardeceres, sin una mano en mi talle, con los brazos al aire y las piernas desnudas, me hace sentir como un ave sin nido, o una carta sin destino. Porque en la noche estrellada, con el cabello suelto, y con los pies descalzos, todo me desprotege, y estar sola me duele.
Me miro al espejo, y me reconozco tan frágilmente expuesta, sin otra piel a mano, sin un hombro potente, albergando mi frente, sin roces, sin miradas, que me aturde el calor, y me asustan los trinos, y me espanta la enormidad de la tarde infinita. Y como ayer esperaba el verano, hoy me refugio en el frío, que me seda las ansias, y me aísla en abrigos, y apuntala mi pequeñez dentro de tanta ropa, que hasta me olvido de llorar las distancias, porque, por fin, casi ni puedo ver cómo crece el vacío de mi cuerpo aterido…
8-1-1992.



No sé si les habrá gustado este post, pero los que sí les van a gustar son todos los perritos y gatitos que uno puede adoptar en esta página.

Un beso y hasta el próximo sábado. Graciela




 

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