Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

sábado, 5 de diciembre de 2009

BODAS DE PORCELANA



Como sigo exhumando viejas cosas archivadas, acá comparto con ustedes el discurso alusivo que hace bastantes años escribí (y tuve el atrevimiento de leer) en una cena de festejo de aniversario de feliz matrimonio de mis amigos más dilectos.

Como a todos les pareció muy divertido, acá lo tienen, tal como lo leí en su momento.


Y tómenlo con humor, que no es otra cosa.

VIGÉSIMO ANIVERSARIO DE BODAS DE Silvina Y Juan.

Cuando la semana pasada, me hicieron saber que en el día de la fecha mis amigos festejaban su vigésimo aniversario de bodas, y de paso me sugirieron que preparara las palabras abusivas, mi primera reacción fue de pánico, y desde el fondo de mi corazón me surgió la pregunta:

¿Tengo que decir cosas lindas del matrimonio?

A lo que me replicaron que podía ser en joda. Eso me dejó mucho más tranquila, porque solamente en joda se pueden decir cosas lindas del matrimonio.

Entonces vayamos a lo nuestro: hablar de veinte años de convivencia. Aquel compositor de tangos que dijo que 20 años no es nada, no estaba seguramente hablando de 20 años de casados.


Porque 20 años de casados, en cálculo grosero, implican unos siete mil desayunos que a ver quién le trae a quién. Unos 15.000 almuerzos y cenas, de los cuales el 60%, más o menos fueron una tentación al condimento con cicuta, estoica y heroicamente resistida. Unas cinco mil visitas intercambiadas con la familia política. Unas 200 ocasiones especiales, tipo cumpleaños, Reyes, Año Nuevo, día del Padre, del hijo o del Espíritu Santo, en que hubo que poner buena cara, cuando uno en realidad se sentía como el antónimo, y así sucesivamente.


O sea que ¿quién dijo que veinte años no es nada? Un inconsciente, o un soltero sin ningún lugar a dudas.

Por otra parte, así como los 25 años son bodas de plata, y los 50 son de oro, seguramente los 20 años son bodas de algo.


Imaginemos de qué.


Lo primero que me viene a la mente es el plomo. Pero plomo viene a ser después de veinte años el cónyuge, no las bodas. O sea que debemos pensar en otras alternativas.


Sodio no puede ser, por su carácter alcalino, ya que a los veinte años la situación es más bien ácida. Nos tiremos a algo más alegórico. Protactinio podría ser porque recuerdan a una patada proctológica. O de Cesio, porque uno desea que cesen. O de deuterio, porque cómo se aguantan es un misterio. O de Bario, porque hacen falta varios hijos para no renunciar a los dudosos beneficios del dulce hogar después de 20 años.


De cualquier manera es seguro que ya hay un elemento instituido universalmente, de modo que habrá que recurrir a las fuentes, y averiguarlo.


¡En efecto! Según mi amiga Silvina, que en ese género de informaciones es un pequeño Larousse, los 20 años son las bodas de porcelana; y si bien cualquier idiota se da cuenta en el acto de lo bien que rima con pata de lana, he hecho a Silvina la formal promesa, de ser juiciosa y no dar rienda suelta a libres y pecaminosas asociaciones.


Aunque acá entre nos, pocas asociaciones son tan divertidas como las pecaminosas, del mismo modo que pocas asociaciones son más lucrativas que las ilícitas.

No obstante, por esta única vez, y al solo efecto de cumplir virtuosamente con la palabra empeñada, renuncio por un ratito al pata de lana, y busco otras posibilidades en la porcelana.


Por ejemplo, relacionarla con la etérea calidad del caolín, una vez que fue molido, empapado, revuelto con otras sustancias, comprimido, retorcido y finalmente cocinado en horno a temperatura de infierno. Y todo ese purgatorio tan sólo para que al primer golpecito termine hecho pelota en el tacho de la basura.


Sabio paralelismo pues, el de la porcelana con veinte años de matrimonio. Mal que le pese a Mendeleiev, no creo que haya elemento alguno en su tabla que represente mejor la condición de una pareja veinte años después.

Y esto me trae a la memoria al autor de ése y otros libros. Don Alejandro Dumas, ídolo total que descubrió la fórmula perfecta para que un amor dure intacto a través del tiempo.


En efecto, Margarita Gautier se convirtió en la amada inolvidable, mediante el simple trámite de morirse tuberculosa pero soltera.


Si hubiera sobrevivido a la tisis para casarse con el protagonista, hoy no estaríamos leyendo "La Dama de las Camelias", sino "Doña Margarita, la del pimiento morrón", y a la película no la habría protagonizado Greta Garbo, sino la Petrona C. de Gandulfo.


Claro que a los señores espesos, quiero decir esposos, no les va mucho mejor cuando han transcurrido veinte años.


Efectivamente, si cualquiera de los azules príncipes que en los cuentos infantiles aparecen montados en briosos corceles blancos para rescatar a las princesas en peligro, fuera visto en plenas bodas de porcelana, muy probablemente aparecería en camiseta, con una barba de tres días, algunos kilos de más almacenados en la panza, y put, despotricando porque los chicos se llevaron el caballo sin pedirle permiso, y encima se lo devolvieron chocado, o con las herraduras hechas pomada.


La única ventaja que 20 años de matrimonio le otorgan a cualquier mujer sobre la Bella Durmiente, es que si solamente un incendiario beso de su cónyuge pudiera despertarla, tendría asegurado un sueño sin sobresaltos por mucho más que 100 años.


Sin embargo, no todas son pálidas, las bodas de porcelana conllevan algunos beneficios, porque veinte años también es el tiempo mágico en que todos se dan cuenta de que uno está más viejo, menos precisamente el individuo que tiene al lado, porque a él le ha pasado más o menos lo mismo, y casi al mismo ritmo, o sea que se verifica la siguiente ecuación:

distracción + presbicia + costumbre = no has cambiado nada, querido/a.

Veinte años es asimismo el tiempo en que uno ha dejado atrás muchas expectativas, pero ha consolidado algunas realidades.


Y puede asumir entonces, el marido, que su mujer no se parecerá nunca a Claudia Schiffer, pero que le iría mucho peor si se hubiera casado con Lorena Bobbit.


Y la mujer entiende que su marido no es Kevin Costner, pero vive mucho más cerca. Y ambos no serán Romeo y Julieta, pero al menos no se murieron en plena adolescencia.


Veinte años son igualmente la señal de que si bien uno puede seguir sintiéndose, e inclusive viéndose espléndido (esto último, gracias en parte a la ya mencionada presbicia), hay algunas cosas que han comenzado a cambiar.


Por ejemplo, los hijos, que ya no son más que fugaces cometas que aparecen a la hora de comer y de pedir plata, y desaparecen rumbo a la calle, o entre las sombras de su dormitorio, sepultados bajo las cobijas, el resto del tiempo.


Y entonces uno revaloriza la presencia del consorte, que consorte o sin sorte, por lo menos es un ser querido, o apreciado, o estimado, o conocido, o bah! lo que sea, pero está ahí. Cuando está, claro. Si es que está. Y si no está, por lo menos no jode. O si jode, uno ya se lo toma de otra manera.


En definitiva, los veinte años son un tiempo de madurez, de comprensión, de compañerismo y paciencia. O sea una especie de resignación.


Y si no, hagan los presentes una pequeña prueba de mi invención, para ayudarse en sus momentos de duda.


Tomen lápiz y papel y hagan una lista de las cosas que les darían felicidad y que podrían hacer si no estuvieran tan casados. Imaginen a dónde podrían ir sin su cónyuge, cómo pasarían sus vacaciones, qué harían con sus fines de semana.


A mí esta terapia me hace efecto instantáneo: nunca he podido iniciar tal lista, porque no me
tienta la idea de pasar los próximos veinte años escribiendo frenéticamente y sin parar.


Tantas son las cosas que figurarían en la lista, que el temor a tan titánica tarea me devuelve rápidamente a la realidad.

Hagan el intento, merece la pena.

Pero ánimo, muchachos, que hay cosas aún peores. Como por ejemplo...Como por ejemplo... Esperen algo se me va a ocurrir.


Seguro que algo peor que las bodas de porcelana existe.

¡Ah, sí! ¡Ya sé: el Huracán Bertha, la bomba de Hiroshima, el show de Susana Jiménez, o un reportaje a Diego Maradona.


Todo lo cual nos lleva a proclamar con alegría: ¡Feliz Aniversario! ¡Mucha felicidad! ¡Y que Dios los perdone por inconscientes!...



Ahora les hago notar que desde hace más de 10 años, ni el show de Susana ni las declaraciones de Maradona han mejorado absolutamente nada.



Lo que sí espero que mejore es la situación familiar de Afrodita que tiene tiempo hasta fines de diciembre antes de ceder su puesto de ADT.





La foto ilustrativa es como casi siempre un descarado saqueo a alguna cadena de mails. Un beso y hasta el próximo sábado. Graciela

P.D.: Si se les ocurra usar este discurso en las bodas de porcelana de sus amigos, por favor cuéntenles que procede de mi blog  e invítenlos a  conocerlo, porque hay mucho más humor que sólo esta muestra.. Gracias

4 comentarios:

rumbofijo dijo...

Muy bueno.Leyendo su escrito me acordé que hace poco cumplí 31 años de casado con mi compañera de cuarto.De hacer una lista,ni hablar.Como duré tanto?.Le hago llegar un afectuoso saludo y no la visitaré por un largo tiempo.Me voy unos días a descansar con la bruja a cuestas.Un beso.

Graciela L Arguello dijo...

¡Caramba, rumbofijo ! Eso amerita una condecoración...para ambos. Buen viaje y que vuelvan como de una luna de miel. Un beso para los tortolitos Graciela

AVELLANEDA dijo...

Por qué esa manía de marcar hitos para cualquier cosa? Mira que nos gustan las medallas, las condecoraciones, los títulos. Mira que nos gusta acotar la vida y cargarnos de títulos y de calificativos, como si nos fueran a librar de la soledad, de la mala leche o de la incapacidad para convivir. Lo bueno es que tú sabes decirlo, Graciela. Un saludo

Graciela L Arguello dijo...

En efecto, Avellaneda , es bastante ridícula la costumbre de generar bodas de.... casi para todos los años, sólo que no es tan inocente. La idea es justificar la presión para vender regalos, flores etc, etc. Poderoso caballero es don dinero. Un beso Graciela