Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

sábado, 29 de octubre de 2011

Mi primera herejía




Hay marcas que vienen de fábrica, no cabe duda. Y si bien fui criada en escuela de monjas, y durante mucho tiempo traté de asimilar sus enseñanzas, nunca lo hice sin mis propias reflexiones bastante heterodoxas. Pero lógicas, eso sí. De una lógica impecable, por muy pequeñita que fuera.



Todavía recuerdo uno de los primeros debates que significaron que las monjas me tuvieran en observación por blasfema durante toda la escuela primaria. Aunque en ese entonces mi intención no implicaba rebeldía, sino un simple ejercicio de deducción.
Recuerdo una clase en que nos contaban anécdotas bastante truculentas con intenciones ejemplificadoras, como era costumbre en ellas.
La historia misma se me ha olvidado en casi todos los detalles, pero sí sé que un niño y su perro se caían a un río, supongo que sería por desobedientes o algo así, porque siempre la moraleja era "hay que obedecer a los mayores" o "no hay que correr riesgos" o no se salgan del camino, o no se diviertan, o no se muevan, no piensen etc., etc.
Lo cierto es que el niño era salvado por un ángel que le perdonaba el pecado de haber sido niño nomás y por ahí se acababa el cuento.
Y cuando debíamos meditar sobre la moraleja, a mí me salió del alma la pregunta inevitable:
-¿ Y al perro lo salvó también el ángel?
La monja me contestó que no preguntara pavadas, que eso no tenía importancia, y yo salté indignada, defendiendo el derecho del perro a ser salvado de morir ahogado.
Si la monja hubiera tenido sensibilidad y/o cerebro se habría limitado a aclarar que sí, que el ángel también salvó al perro, y no me habría empujado al borde de la excomunión.
En lugar de eso se plantó en sus trece, y preguntó desafiante:
-¿Acaso te parece más importante la vida de un perro que la de una persona?
Yo tenía siete años entonces, pero ya podía ser tremendamente racional y lógica, de modo que lo pensé unos momentos, y luego le contesté con un argumento que hasta hoy me parece impecable, aunque en la escuela no causó la misma impresión.
-Yo creo que sí, que es más importante.
-¿Cómo? -gritó la monja indignada- ¿Por qué es más importante la vida del perro que la del humano?
-Porque ustedes siempre dicen que nosotros tenemos otra vida para después, pero los animales no. ¡Es más importante porque es la única que tienen!
Esa vez zafé de la Inquisición en razón de mis pocos años, pero ya me empezaron a mirar con la desconfianza que orgullosamente sigo mereciendo para toda la clase clerical.
Y por supuesto, la vida de los animales me sigue pareciendo tan valiosa como pensaba en aquel entonces ¿o no se dieron cuenta?


Por si lo dudan, les pido una vez más una vida feliz para Abrojo. ¡Ándale, dí que sí!
Un beso y nos vemos el sábado. Graciela.

6 comentarios:

Terox dijo...

Qué buena anécdota... como dice el dicho "de chiquitos van para grandes". Seguramnte dejaste canosa a más de una de los "pingüinos". Eras toda una Mafalda...

Graciela L Arguello dijo...

Hola, Terox a mí me sigue pareciendo una respuesta muy lógica, pero a las monjas no les gustó ni medio. Por eso recuerdo la anécdota: por el revuelo que se armó en el colegio...

Roy Jiménez Oreamuno dijo...

Exquisita respuesta ja, sabes cuando el ser humano es sensible ante la necesidad otro ser vivo que necesita ser cuidado y a veces rescatado, ahí es donde el ser humano se hace grande, pero a veces no vemos que todo nuestro entorno esta ahí a alcance de la mano, plantas, animales, ríos, mares y a veces no le damos la verdadera importancia que se merecen, ya que si alguno de ellos desaparece, la cadena se rompería y también pereceríamos.

Y si solo tienen una vida, y merecen vivirla de la mejor manera.

Saludos

Graciela L Arguello dijo...

Hola Roy si las monjas que padecí en la infancia hubieran tenido la mitad de tu cerebro y la cuarta parte de tu corazón, cuánto mejor educación habríamos recibido mis compañeras y yo. Lástima que en lugar de entender una conclusión tan razonable, estuvieron a punto de flagelarme en la plaza pública por hereje ;D Un beso Graciela

Dayana dijo...

Si uno lo piensa lógicamente, el perro merecía más la salvación:

- Como todos sabemos, sólo los seres humanos nacemos con el pecado original, ergo los animales son almas inmaculadas, por lo tanto deberían merecer "más" la salvación que nosotros.

- Fue el mocoso el que decidió no hacer caso a sus padres, no el perro. Por lo tanto quien merecía el castigo era el citado infante de porquería no el pobre animal que lo acompañ+o fielmente.

- ¿Cómo puede ser que un perro se dé cuenta que la criatura se va y que sus propios padres no noten la ausencia de ambos?

- ¿Cómo sabía la monja que el perro no era Jesús o un ángel que había tomado la forma de un animal para salvarlo? Por algo dicen que dios todo lo puede y que está en todas las cosas, o no?

- Por ángeles antropocéntricos como ese es que Dios hizo que cualquier animal menos el hombre sepa nadar instintivamente :D

Graciela L Arguello dijo...

Hola, Dayana ¡Qué lástima que no fuèramos de la misma generación!!! Imaginate el pedazo de piquete que le habríamos hecho a las monjas las dos juntas , jajajaja Un beso. Graciela