Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

sábado, 26 de mayo de 2012

Una confesión en voz muy baja



Lo que ven como ilustración del post es una demostración cabal de que una parte de la sociedad humana está cayendo en picada. Sólo seres monstruosamente enfermos pueden permitir estas situaciones.
Y son estas aberraciones las que me hacen recordar una pequeña historia de mucho tiempo atrás, y que paso a contarles.
Hace bastantes años, pasaron por televisión una película de la que sólo recuerdo el argumento y he olvidado en cambio el título y los protagonistas. Pero se trataba de un grupo de terapia para personas que habían perdido algún ser querido, como consecuencia de delitos violentos, como atentados, asesinatos, o hasta suicidios resultantes de violaciones, violencia doméstica, etc.
Todas esas personas se reunían en sesiones donde contaban sus experiencias y se daban mutuo apoyo... o al menos, tal era la apariencia.
Sin embargo, lo que hacían en realidad, era tomar en sus manos la justicia que por una u otra razón el sistema les había negado.
Y así, cada miembro del grupo ajusticiaba al asesino, violador o torturador del familiar de otro participante.
De ese modo se aseguraban el secreto (porque todos estaban igualmente comprometidos) por un lado; y por el otro, conseguían también la impunidad, porque no había relaciones aparentes entre el vengador y el ejecutado que le tocaba en suerte.
Además, el resto del grupo proporcionaba coartadas y facilitaba los planes, tan bien elaborados, que las muertes resultaban atribuidas a simples accidentes.
La trama de la película, como ven, era muy interesante, pero desde luego, al final la policía ataba cabos, y todos los "malos" caían presos.
Y acá va mi confesión en voz bien baja: debido a que los hechos que originaron la formación de ese grupo en la ficción, eran de naturaleza tan aberrante, en el fondo de mi alma, casi, casi habría preferido otro final.
Lo confieso en voz muy baja, porque sé que esa sensación procede de algún rincón oscuro y perverso de mi alma, pero no puedo evitarlo: siquiera en la ficción, y precisamente por ser en ella, me habría gustado que se hubiera seguido aplicando la ley del Talión.
Y hechos como el de la foto y otros miles que suceden a diario, no sólo contra los animales sino contra los niños, y las buenas personas, que trajeron a mi memoria aquella película, vuelven a sacar lo peor de mí, y casi, casi, quiero gritar un  "¡ojo por ojo!" que mi mente racional rechaza...con mucho esfuerzo de voluntad.
Por todo eso a veces fantaseo, siquiera en el momento en que me bulle la sangre de indignación, con una patrulla de vengadores sin piedad que persiguiera a esos engendros capaces de hacer daño a los seres inocentes.
Pero bueno, después recapacito y pienso que también acciones del más puro amor, como por ejemplo adoptar a Nikita o tantos otros abandonaditos sin hogar, pueden redimir al ser humano de la maldad de sus congéneres.


Un beso y hasta el sábado próximo. Graciela.    

2 comentarios:

Roy Jiménez Oreamuno dijo...

Es muy difícil ser uno neutral ante tanta injusticia y maltrato y abuso, pero a como existe eso hay otros eres humanos que son bondadosos y logran sacar lo mejor de la naturaleza humana.

Pero a veces uno desea hacer justicia, pero sería igual o peor que los que hicieron lo malo.

Saludos

Graciela L Arguello dijo...

Sí, Roy , totalmente de acuerdo, por eso sólo lo imagino en la ficción, y hasta así me avergüenza tanto como para confesarlo en voz baja. Pero cuesta conseguir que la indignación no le gane a la racionalidad, cuando una ve una foto como la del post, o lee de un maestro violando niños en un jardín de infantes.
¡A mí me hierve la sangre en las venas! Un beso. Graciela