Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Otro capítulo de mi ensayo satírico.



Hoy vuelvo a presentarles otro fragmento de mi libro "Un dios para cada uno", y les recuerdo que si quieren leer todo el libro desde el comienzo, deben ir a la etiqueta homónima, y buscar la entrada más antigua de ella, y desde allí, leer de atrás para adelante, como corresponde hacer en un blog.

Capítulo 9: El dios de la vecina.

Este es un dios más parecido que todos demás a cualquier ser humano corriente.
Es cómodo y acomodaticio, ventajero a veces, caritativo y generoso en ocasiones, mezquino y peleador en otras. Es capaz de mentir, difamar o hacerse el tonto, siempre dentro de los límites de las “buenas costumbres”, es decir que cuando  hace mil macanas, tiene otras tantas excusas y tiene también su ritual, su liturgia, sus preceptos y sus dogmas, todos ellos compendiables en unos cuantos tomos del folclore vernáculo.
Es el Dios capaz de perdonar, porque errar es humano; el que te ayudará si te ayudas, el que hará que llueva o haya sol el domingo del picnic de la nena, razón por la cual bueno es planificar agregando siempre “si Dios quiere”, para no ofenderlo, por si acaso.
Es el dios de las estampitas y medallas que a cada nuevo vástago se entrega para su protección. El dios que castiga sin mano ni piedra, cosa que debe recordarse a los pequeños, cada vez que sus travesuras agotan la paciencia, y la amenaza de “ya vas a ver cuando llegue tu padre” deja de surtir efecto.
Es además, ese dios que cobra vitalísima importancia en las grandes ocasiones de la vida: Bautismo-Comunión- Matrimonio-Extremaunción.
El dios de la vecina alborota a todo el barrio cuando de acristianar a un bebé se trata; ya que, quiera éste o no, le guste o no le guste, será incorporado a la Iglesia Católica, y para festejar su tan democrática elección, y rubricar el triunfo del libre albedrío humano, se organiza una gran fiesta, muy ruidosa,  muy mundana, muy alcohólica y muy cara, sobre todo ahora que los regalos son escasos y de poco valor, lo cual no amortiza ni la mitad de lo gastado, cosa que se descubre entre lamentaciones cuando ya la algarabía cesó con el alba, y viene entonces el recriminarse mutuamente:
“-¡Mirá el padrino que elegiste…! ¡Se jugó con el regalo! si lo hubieras puesto a mi hermano como yo quería, seguro que por lo menos una cadenita de oro le compraba...”
“-¡Sí, claro! como tu prima, la madrina, que la arregló a la chica con una gorrita que le tejió ella misma…¡Haceme el favor!”
Y así, piadosamente, son los infantes incorporados a la espiritualidad que regirá su desarrollo psíquico ético y teológico.

La Comunión ya implica una cierta volición positiva de parte de los chicos, que podrían eventualmente negarse a tomarla si se les permitiera elegir. Cosa que más de uno decidiría inmediatamente después de la primera clase obligatoria  de catecismo. Esto no es, sin embargo, posible, en razón de medios más o menos sutiles, según la vecina en cuestión.
Esos medios pueden tomar la forma de la coacción:
“-Si no comulgás no hay fiesta, ¿te das cuenta?
O la del soborno:
“-Pero, hijito, pensá en todos los regalos que vas a perderte si no estudiás con el cura Benito”.
 O la del autoritarismo:
“-Vos hacés lo que yo te digo porque para eso soy tu madre, ¿oíste?”

Pasan luego los años, con más o menos fortuna para el así convertido feligrés, hasta el fausto día de su boda.
Boda que no será tal, si no hay vestido blanco, flores níveas, cura, agua bendita, anillo de oro, música, alfombra roja, comilona y baile, todo muy entremezclado, muy interrelacionado y confundido. Tanto, que el cura realiza los esponsales preguntándose qué habrá de rico en la casa de la novia. La madrina piensa en que tendrá que bailar el vals con esos estúpidos zapatos que asesinan sus pies; el padrino suspira por el costo de la fiesta; los invitados critican el vestido, la música y las flores, mientras el novio lamenta el gasto en anillos que no piensa usar, y la novia respira entrecortadamente por lo ajustado del vestido que se suponía debía realzar su talle, pero en realidad amenaza con dejarlo enteramente en evidencia, rasgándose indecorosamente en el momento más solemne e inoportuno.
Todo esto, desde luego, entre la Homilía y la bendición, tradicionalmente imprescindibles, y tradicionalmente intrascendentes ambas, ocultas entre tanta superficialidad y mezcladas entre tanto ruido inconsistente.

Y por fin la extremaunción, momento en el que el dios de mi vecina se aparece a perdonarle  todos sus pecados y entreabrirle la puerta de los cielos, en reconocimiento a tan permanente y vacua devoción.
Espero haberlos entretenido un ratito, y si fue así, les pido a cambio que me ayuden a difundir el pedido de Chipi, que sigue sin obtener una familia, cuando ya se acerca el final de su tiempo como A.D.T. en el blog.



4 comentarios:

Terox dijo...

Pues ese dios si que suena a cotidiano... Pero mirá, el que suspira por el costo de la fiesta (de bodas) es el padre de la novia... a veces, incluso el novio... pero creo que rara vez el padrino...

Roy Jiménez Oreamuno dijo...

Ojala que el Dios de cada uno logre perdonarnos, no se por nuestra devoción, sino por su promesa.

Saludos

Guapa Chipi.

Saludos

Graciela L Arguello dijo...

Terox , aquí lo común es que el padrino sea el padre de la novia, precisamente.
Roy Sí que es guapa, esperemos que le valga un hogar.
Un beso a ambos.

Terox dijo...

Qué curioso... acá normalmente es el mejor amigo del novio...