Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

sábado, 15 de junio de 2013

¡Persiga a ese tranvía!

Cuando yo era muy chiquita, todavía circulaba el tranvía por las calles de Córdoba. 
Recuerdo que desde mi barrio y hacia el centro iban dos líneas: el 2 y el 4. También recuerdo que debido a que se movían sobre rieles y enganchados a un tendido eléctrico, en muchos tramos los recorridos eran idénticos para aprovechar la costosa infraestructura. Tomen nota de esto porque hace a la historia.
Y ahora viene el recuerdo de la gran aventura que nos tuvo por protagonistas a mi tía Chicha y a mí, que por ese entonces tenía 4 años.
En ese tiempo yo aprendía danzas clásicas y españolas (según se estilaba en la época) en la Academia Nora Martin, que quedaba en la calle 9 de Julio, a cuatro cuadras de la casa de mis nonos.
Habitualmente, mi tía me pasaba a buscar por la casa de mi infancia, en Barrio San Martín, para tomar juntas el tranvía que nos dejaba a una cuadra de la Academia, allí ella esperaba hasta que terminara mi clase, y luego, religiosamente, pasábamos por un almacén que quedaba en la esquima a atiborrarnos de cosas dulces. En seguida pasábamos por su casa a saludar a los nonos, donde me esperaban más cosas ricas y mi amada Coca Cola. (Así nació mi gula insaciable).
Al término de la visita, mi tía me llevaba, otra vez en tranvía hasta mi casa. Ahora que lo pienso, pobre Chicha, hacía una parva de viajes por día para que yo bailara. 
Pero me estoy yendo de la historia que quiero contarles ¡es que son tantos los recuerdos!
Esto que les cuento, sucedió un día en que mi tía se distrajo conversando con alguna persona conocida que encontró en el tranvía, y se pasó de largo en la parada.
Ella pasó de largo... pero yo no. 
Yo, como caballito volvedor, pese a mis pocos años reconocí la parada, y resoluta como siempre fui, me bajé entre otras personas, para encontrarme totalmente sola cuando el tranvía arrancó, con la Chicha todavía sumida en amable conversación.
¿Y ustedes creen que me asusté o algo? No, simplemente cuando vi que la Chicha no bajaba, me fui solita a la Academia. Era una cuadra, tampoco era un viaje al fin del mundo...
Claro que cuando llegué sola, y expliqué lo sucedido, mi profesora, "la Guri", con muy buen criterio, me mandó con una de las chicas más grandes hasta la casa de los abuelos para avisar que estaba bien. 
De allá volvimos las dos bailarinas con mi tía Negra, a tomar la correspondiente clase.
Pero esperen, que ahora les cuento lo mejor, tal como me lo contaron después a mí.
Cuando una parada más adelante la Chicha se dio cuenta de que se había pasado, bajó precipitadamente, pensando que yo la seguía, como siempre, pero claro, yo ya no estaba en el tranvía, de modo que al bajarse sola, pensó que yo estaba todavía a bordo, y desesperada, le hizo señas al siguiente que pasaba por la misma vía, y subió al grito de "¡Persiga a ese tranvía!
El conductor, aceleraba y tocaba la campana para alcanzar al tranvía que iba adelante, mientras mi tía le contaba la historia de la nena perdida.
Todos los pasajeros se sumaron a la excitación y gritaban a todo pulmón ¡pare, pare! tratando de llamar la atención del motorman que iba en el otro vehículo.
En suma, me imagino una escena desopilante, con todos a los gritos, comandados por la Chicha, llorosa y angustiada, y un tranvía lanzado a la máxima velocidad posible (que no sería tanta) y hacendo sonar la campana, mientras los más comedidos sacaban las cabezas y brazos por las ventanillas, dando voces para allanar la persecución.
Nada fue eso comparado con el momento espantoso en que dieron alcance al tranvía, para descubrir que la "nenita del tapado y sombrerito verdes" no estaba en él.
Eso debe haber sido un pandemonio, y no sé cuánto duró, pero lo cierto es que la Chicha, ya en la cumbre de la desesperación decidió volver a su casa para buscar apoyo moral antes de ir a denunciar mi desaparición en la policía.
Por suerte, al llegar, los nonos le dijeron que yo estaba en la clase, y a ella le volvió el alma al cuerpo.
Pero la frutilla del postre fue a la noche, cuando volvíamos a mi casa, y se dio la coincidencia de que el motorman era el mismo de la aventura de la tarde.
Apenas subimos, nos recibió con una exclamación:
-¡¡¡Conque apareció la nenita del sombrerito verde!!!!
Sí, ésa era yo.


Y ahora, no se hagan los distraídos como la Chicha, y ayúdenme a encontrar un hogar para Basia. 
Un beso y hasta el sábado. Graciela.
P.S.: la imagen que ilustra el post vino en una cadena de mails, ignoro quién es el fotógrafo.

4 comentarios:

Dayana dijo...

Por algo los celulares son una gran invención!

Graciela L Arguello dijo...

Sí, claro, Dayana , pero hoy no tendría esta bonita anécdota para el blog, ¿no te parece? Un beso. Graciela

Terox dijo...

Mmm, no sé, se me hace que desde pequeña tenés talento para provocar el caos...

Por cierto que esa tía tuya era bien despistada, primero no se dió cuenta de que te bajaste, y luego se salió sin saber si vos venías! Apuesto que fue protagonista de otras anécdotas curiosas...

Por cierto que me llama la atención lo que contás de que comías dulces y tomabas Coca... ahora sería impensable! Los dulces y la Coca Cola vuelven "hiper" a los niños!!! (Es como el café, que yo recuerdo tomar desde mi más tierna infancia, con leche, y mojando el pan, pero ahora es un pecado capital darle una gota de café a un niño)

Graciela L Arguello dijo...

Acertaste en todo, Terox . Yo genero el caos con gran facilidad...y vocación.
La Chicha era la reina del despiste, y por eso precisamente era tan especial, tan querible y tan divertida, aun sin darse cuenta.
Y lo de la Coca y los dulces, siguen siendo mi especialidad, y muy probablemente la razón por la cual me sobran pilas para todo.
Decididamente, nada se te escapa. :D
Un beso Graciela.