Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

sábado, 14 de marzo de 2015

Otro reconocimiento literario.

El año pasado, por allá por mayo, me llegó el anuncio de que mi relato "Pájaro con miedo" había recibido una Mención de honor en un certamen Internacional, llevado a cabo en Junín, Provincia de Buenos Aires.
Lo que ven en la imagen es el diploma escaneado. Como la publicación no formaba parte de las condiciones del concurso, antes de que el cuento se pierda definitivamente, lo presento aquí, aunque debo confesar que en mi propia "escala gustométrica" está muy abajo.
Efectivamente, no lo puedo calificar con más que cuatro, porque nunca me pareció demasiado logrado, y sólo lo mandé al certamen por dos razones: 
  1. Porque daba la longitud requerida, a diferencia de otros que me gustan muchísimo más y que se salen de los límites estipulados en las bases, ya sea por exceso o por defecto.
  2. Porque cuando los cuentos me son muy queridos los reservo para concursos que comprometan publicación y alguna difusión que supere los límites modestos de este blog. Y no era éste el caso.
Como quiera que sea, el cuento es el siguiente:



PÁJARO CON MIEDO
             Por Graciela L.Argüello

     Cuando lo veía sobre sí, luchando internamente por controlarse por un momento más, y sacudido por la culminación de un primitivo placer, se sentía invariablemente invadida de ternura. Observar su rostro contraído en ese rictus conocido y amado, que era en parte liberación, en parte gozo, en parte intención de un último esfuerzo de control, y escuchar ese murmullo querido, que penetraba en sus sentidos, como un instrumento más con que él la poseyera, la arrojaba a su vez, en un infinito mar de plenitud.
     ¡Si pudiera capturar ese momento y hacerlo durar eternamente!...
No podría ser. Nora estaba siempre absolutamente consciente de las limitaciones de su relación con Rogelio. Por eso precisamente se aferraba a los breves espacios que en sus locas carreras se podían mutuamente conceder.
Y seguramente por eso también, guardaba una parte de sus emociones con miedosa avaricia, como un seguro que le permitiera reconstruirse después.
Rogelio tenía más endurecida la piel, más asegurado el control de toda la situación. Ya llevaba muchas más mentiras de amor marcando su existencia. El no necesitaba mezquinarse porque no corría el riesgo de darse por entero. Sabía mucho más.
Y juntos, Rogelio y Nora fabricaban la dicha.
Se habían conocido tanto tiempo atrás, y se habían descubierto, sin embargo, tan recientemente, que era cada día mayor el asombro y el deslumbramiento. Habían rozado tantas veces la posibilidad, sin darse cuenta, que encontrarse, sin matices, en el vórtice de una total locura, de la que se habían creído tan a salvo, había arrasado en parte con su prudencia.
Cada uno regresaba a su manera, con las marcas de una relación anterior, y habían pensado ambos que ese amigo, siempre a mano, y aparentemente tan dueño de sí, sería un calmo remanso donde reparar las heridas, sin demasiado compromiso, y sobre todo, sin sobresaltos.
Pero ese desenfreno, ese desborde, no lo habían imaginado. Ni Nora, que había creído encontrar básicamente un sereno compañero, que la apuntalara en sus soledades; ni Rogelio, que había supuesto un paréntesis de discreto romance, junto a una de las pocas mujeres que le inspiraban más camaradería que lujuria.
Cuando se operó lentamente el cambio sutil en la relación, la experiencia los alertó a ambos, pero la amistad  los inhibió por largas semanas. Nora supo que bastaban leves señales, y las fue dosificando, mientras se autoconvencía de que Rogelio podía ser una opción medianamente aceptable.
Él se limitó a acatar las indicaciones que su larga historia le había enseñado a evaluar. Tenía más curiosidad que deseo, y fue avanzando o deteniéndose según el ritmo al que se movía Nora, que en su siempre desconcierto, dudaba entre ese Rogelio que podía ser tan llevadero, o ese Gerardo que insistía en imponerle su presencia, y del que ya sabía que sería una renovada tormenta.
Eligió lo que creía que sería como una cura de reposo, descubriendo, demasiado tarde, que la desmesura la había hecho su presa… Pero también la felicidad.
Rogelio fue igualmente desbordado. Tampoco él creyó posible lo que sobrevendría.
Esas locas noches de morderse los labios mutuamente, enardecidos los sentidos, y ahogados de emoción, jadeantes, despeinados, aturdidos de placer. Dando y recibiendo infinito amor, ternura y fuego. Esos lánguidos abrazos en la cama, con los cuerpos deshechos, y el pecho aún en llamas.
Los despertares, siempre tarde, en que le robaban aún un tiempo más a la rutina para amarse otro poco todavía.
Las charlas en la madrugada, compartiendo un cigarrillo, con las manos, ya enlazadas, ya liberándose para correr a los lugares tan queridos de esa otra piel en la que sabían desencadenar terremotos.
Ni habían tampoco sospechado que tendría cada uno para el otro, tan inevitable atractivo. Que serían sus ojos como imanes. Que verse y desearse serían la misma cosa. Que sus  cuerpos tendrían tal recíproca avidez. Que sería imposible el primer roce, sin provocar el estallido de mil caricias más. Y que un beso levísimo podría movilizar tantas ansias.
Se bebieron uno al otro, con una sed de siglos, y se atrevieron a quererse. Pero Nora...
Cuando Nora regresaba de esas noches de absoluta perfección, todo lo demás le sabía a fracaso. Para cada fiesta de libertad, era la contrapartida, un largo vacío de nostalgia y tristeza. Un desangrarse aprisionada en una realidad que sólo se apartaba del cauce monótono y sombrío del transcurrir cotidiano, cuando sobrevenían las inesperadas orgías de una extraña forma de violencia.
Cuando Víctor parecía enterarse de su existencia, era casi siempre a través del grito, de la agresión, la ofensa. Estúpidas actitudes que la empujaban cada vez más hacia una peligrosa adicción afectiva por Rogelio, del que sabía que no debía enamorarse.
Nora había intentado algunas huidas, cuando aún podría haber roto las sutiles ataduras que la iban uniendo a Rogelio, y había fracasado, volviendo a sus brazos, cada vez más hambrienta de él, y más asustada.
Porque cada intento fallido de volar, la iba preparando para un posterior desgarramiento mucho peor.
La iba dejando más inerme para ese fatal momento en que el cariño de Rogelio, siempre tan volátil, se desplazara hacia una nueva destinataria. Ominosa posibilidad que él no dejaba de recordarle, cada vez que se producía un pequeño tropiezo en su relación.
Los temores de Nora, no obstante, se esfumaban cuando él ejercía esa magia tan suya, que transformaba un beso en una morosa exploración donde inventaba el placer con cada roce. Cuando él tomaba su mano, o cuando deslizaba tiernamente los dedos por su piel, hasta estremecerla de júbilo y deseo.
Nora vivía de verdad cuando tendía su desnudez sobre la de él, y bebía su sabor con cada poro de su cuerpo. Cuando le arremolinaba el pelo, tan insospechadamente suave, y se arrojaba a mirarlo hasta el fondo de los ojos.
Cuando lo besaba dulcemente, descendiendo por su pecho, hasta encontrar cada uno de los rincones que lo enloquecían, y que ella conocía tan bien.
O cuando él le apretaba el talle en circular abrazo, o cuando le desplegaba con los labios todo el posible placer.
Pero toda esa felicidad, ese alborozado descubrirse, amedrentaba a Nora, que ya se sabía cada vez más entregada, y que no quería a eso resignarse.
Nora y sus miedos.
Nora y sus fantasmas.
Nora que quería huir antes de que llegara el hastío.
Nora que se debatía estremecida entre su necesidad de él, y su urgencia por ser libre de esa misma necesidad.
Y Víctor siempre lastimándola.
Y Gerardo siempre al acecho.
Y ella siempre asustada.
Rogelio, siempre tan entero, tan seguro, tan prescindente.
Nora, un pájaro atemorizado que quería volar antes de que la jaula del dolor le cercenara el vuelo.
Rogelio, un cóndor, siempre un poco demasiado distante.
Víctor, la amenaza de un halcón cada vez más violento.
Gerardo, un águila eternamente vigilante.
Y Nora, pájaro con miedo, despedazada al fin por todos ellos, alzó su vuelo solitario una cálida noche de verano, que parecía demasiado hermosa para morir de amor y desconcierto...


Espero que se enamoren ustedes, también tan fieramente de  Candela y le ofrezcan una familia. Un beso y hasta el próximo sábado. Graciela.

2 comentarios:

Terox dijo...

"desencadenar terremotos"... se nota la mano de la geóloga ahí...

Graciela L Arguello dijo...

Si no aparece por un lado aparece por otro, Terox , tenés razón.