Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

sábado, 25 de marzo de 2017

Avanzando con mi libro Un dios para cada uno.


El que les presento hoy es el capitulo 15 del libro que ya vienen seguramente leyendo.



Capítulo 15. El dios del cura Marcelino.

Este dios comprometido y solidario del cura Marcelino era como el propio sacerdote: estentóreo, enérgico, nervioso, impulsivo y hasta violento. Movilizado por una campaña personal contra la miseria y la ignorancia, este cura enarbolaba su dios algo rústico y a veces agresivo, más que como una bandera, como una alabarda. El dios de aquel cura montaraz que me impactó en la infancia, se parecía más a un Júpiter tonante que al ancianito sabihondo que yo había entrevisto en las charlas de las monjas, que tan prolijamente se dedicaron a amargarme la niñez.

Tenía ese dios la bravura, la fibra y la grandilocuencia de Júpiter, pero sumaba a esas cualidades un código ético que le guiaba al rescate de los huérfanos, los locos y los transgresores. Como un Júpiter se reservaba pecadillos menores sobre los que afirmar su naturaleza exuberante. Porque este dios era aficionado al vino, al juego y a la buena mesa; pero como un santo del más rancio abolengo cristiano, se enajenaba en una lucha individual contra los pecados mayores: el robo, la mentira, el desamor o el abandono, todos los cuales achacaba en forma inconsciente, más que a la naturaleza humana, a los demonios sueltos en la tierra.
Siendo este dios tan apasionadamente humano, y tan fervientemente enamorado de la naturaleza, con todos sus impulsos (capaz de comprender hasta los que debería penitenciar), era por completo incapaz de creer que la maldad se aposentara en los hombres como una afición común, resultante de sus propios temperamentos; y prefería en cambio ver en cada ser ruin, poco menos que un poseído que debía exorcizar.
Por eso andaba este dios bajo la sotana del cura Marcelino, metido en luchas personales contra engendros, íncubos y diablos que se paseaban por el mundo, aterrorizando a las más tiernas ovejas, y apoderándose de las más avispadas.
Y Marcelino, como un pastor, recorría su rebaño espantando a los lobos acechantes, de maneras nada ortodoxas; ya que si era el caso de desarmar a un violento cuchillero en una pelea de borrachos, el cura se arremangaba la sotana, y repartía trompadas como el que más, hasta llamar de esta insólita manera a los contendientes, a una serena reflexión que los reunía arrepentidos, con los ojos amoratados, y algo molidos a golpes, en una cristiana pacificación, en que se daban la mano, bajo la paternal mirada vigilante de Marcelino; listo a emprenderla a patadones ante la menor señal de desmayo de este fraterno amor, apenas recuperado.
La lucha del dios de Marcelino contra la pobreza, era también una aventura personal, de difícil explicación, en la que embarcaba al sacerdote sin excesiva delicadeza. Porque Marcelino se aprovechaba sin vergüenzas de nuestra ingenuidad con los naipes, para esquilmarnos en provecho del Cacho, que andaba con el traste el aire, y que recibía los pantalones producto del juego tramposo del viejo cura, sin esbozar una sonrisa, porque el pobre no reconocía ni siquiera la diferencia entre un pantalón y una colmena.
El Cacho, el Poncho, Juancito y otro montón de loquitos seguían al cura y su dios, por una mera cuestión de seguridad. Nadie en el pueblo se atrevía a insinuar la menor burla a estos simples, en presencia de Marcelino. Hacerlo era un desafío suicida. El menor desprecio hacia sus protegidos, provocaba un rugido enardecido, y la liberación de un terremoto devastador que invocaba indistintamente a dios al diablo y a la madre que los parió, mientras repartía cariñosas bofetadas entre los burlones.
Marcelino amaba y odiaba sin sordina. Amaba a sus desvalidos. Odiaba a los que los explotaban. Y actuaba en consecuencia, sin disimulos, embistiendo como un toro a los poseídos del infierno, capaces de dañar a los débiles o a los indefensos, que en realidad no eran tales. Porque llamar indefenso a alguien protegido por el cura Marcelino, era poco menos que ridículo; ya que el ciego toro perseguidor de abusadores, era también una amorosa gallina, cuando de cobijar desventurados se trataba.
Este dios del cura, me infundía respeto, pero también temor. Me asustaba su descontrol, su desmesura. Su fuerza indomada, y su rusticidad, me asustaron lo bastante como para no hacerlo mío; tal vez por falta de agallas, y quién sabe si no por algún secreto e inconfesable rechazo a lo que excede mis categorías lógicas (elegante y cariñosa manera con que yo llamo a mis prejuicios). 

Si quieren ser un poco como Marcelino, bien podrían comenzar adoptando a un desprotegido como Joaquín.
Un abrazo y hasta el próximo sábado. Graciela.

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