Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

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sábado, 23 de junio de 2018

Un capítulo más de "Un dios para cada uno".

Ya voy llegando a los capítulos finales de mi libro "Un dios para cada uno", que pueden leer desde el principio en la etiqueta homónima de este blog. Hoy el Capítulo 18.


Capítulo 18

El Amigo.

Este dios ha dejado los preceptos y olvidado los tabúes. Es un dios divertido y juvenil, compinche y comprensivo. Muy capaz de bancarse sin enojos mis enojos,  como yo bancaré los suyos con paciencia. Este dios tiene conceptos y escalas de valores que se parecen sospechosamente a los míos, lo que nos hace querernos mutuamente sin esfuerzo ni mérito particular. No es un dios que solicite reverencias, ni liturgias, ni obediencia. Es un dios que se entretiene con mis cuestionamientos, y no se molesta en lo más mínimo, con mis papelones. No es un dios controlador, no es una guía, no da instrucciones, ni hace promesas.  Pero está ahí, me permite mojar su túnica con mis lágrimas, sin esgrimir ese estúpido argumentó de la resignación cristiana.
Cuando estoy de verdad triste y de verdad solitaria, no me habla de su divina voluntad ni otras paparruchadas; sólo me pone su mano en el hombro y me deja licuar todo el dolor hasta que ya no me hace falta su caricia en el pelo, y entonces, recién entonces, me recrimina sin fastidio que me haya regodeado en la auto compasión, me clava un codazo en las costillas, y me encarga una tarea bien idiota que me ocupe las manos y me aletargue la mente.
Este dios es piola, bien canchero, y me conoce a fondo. Se ocupa de mí de una manera tan personalizada, con tan absoluta dedicación a mi anodina persona, que vengo a caer  en la cuenta de que al fin y al cabo no existe. Ningún dios sería tan poco serio, como para caminar a mi lado bajo la lluvia, escuchando mis interiores monólogos en esas frescas tardes del otoño, cuando se me alborotan las nostalgias y pienso en los amores que no pudieron ser, o en los que son pero están lejos o ya no están.
Ningún dios estaría tampoco tan desocupado como para salir a festejar conmigo bajo las estrellas del verano, la estúpida obstinación de perseguir un sueño, y creerlo al alcance de la mano.
Es así, pues, que volví a confundir a dios con otra cosa, con una forma de amor, con un afecto, con un modo de querer, que tiene mucho menos de divino que de profundamente humano.
Y allá voy otra vez, buscando a dios, que quizás hasta existe, pero a mí se me niega persistentemente. 

Pero el amor que nunca se niega es el de Joaquín, que espera tener una familia alguna vez. Un abrazo y hasta el próximo sábado. Graciela.

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