Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

viernes, 23 de enero de 2009

¡TODOS AL PISO!




Yo era adolescente en aquel tiempo previo al cordobazo, que estaba ya marcado por numerosas revueltas obreras y estudiantiles. La dura época de la dictadura de Onganía, cuando se reprimían las manifestaciones con cargas de la policía montada y con perros antimotines.

El ingenio cordobés generó las armas contraofensivas que fueron: para la caballería, el sembrado de bolitas o canicas, como prefieran llamarlas, que impedían el paso de los equinos, los cuales rodaban como pinos de boliche, o como modelos y vedetuelas de patinando por un sueño.

Para los perros, la suelta de gatos (de los que cazan ratones, no de los que la tele ha puesto ahora tan de moda), era la estrategia óptima. Pocos canes resistían la tentación, por entrenados que estuvieran, de salir persiguiendo a los felinos, dejando a los policías desprotegidos y a los gritos, como borracho en navidad.

Obviamente, esas ingenuas escaramuzas fueron siendo reemplazadas casi imperceptiblemente por maneras cada vez más contundentes de represión.

Cerca de mis quince años, eran comunes las balas de fogueo (y a veces no de fogueo precisamente) y los gases lacrimógenos. Los enfrentamientos surgían de la nada y el caos se apoderaba de todo en unos pocos minutos.

En ese contexto, iba yo con mi madre, la Clory; caminando por la calle Caseros, en pleno centro de Córdoba, hacia el edificio de IICANA, que entre paréntesis, ya era un blanco predilecto de las manifestaciones callejeras, cuando comenzaron a sentirse estruendosos estallidos a nuestras espaldas.

La Clory, que venía atrás de mí, en una actitud resoluta y heroica, me alcanzó en dos saltos y me empujó al suelo, haciendo ella también, cuerpo a tierra, mientras gritaba a todo pulmón:

-"¡Al suelo, al suelo, que nos matan!”

Se produjo entonces un absoluto silencio, tan denso que casi no se podía respirar, y que lentamente se fue cortando, al producirse algunas carcajadas.

Al levantar la vista, todavía desde nuestra posición panza abajo en la vereda, y desparramadas como sapos aplastados por un coche, vimos un corrillo de personas con las expresiones más variadas dentro del espectro que va del estupor a la diversión más absoluta.

Y entonces, alguien ayudó a mi madre a levantarse, mientras le explicaba condescendiente:

-“Fue el escape de esa moto, señora”,

Imagínenme, quinceañera y boluda como cabe esperar a esa edad y en ese tiempo, tratando de recuperar algo de dignidad, mientras juntaba mis libros diseminados por los cuatro puntos cardinales, y díganme si no es una imagen patética, aunque también risueña.

Pero pudo ser peor.

Si hubiéramos quedado realmente entre dos fuegos, por ejemplo.

Bueno niños, ahora vayan a generar sus propios papelones hasta el próximo sábado y piensen como consuelo que el mamarracho de hoy será el post de mañana.

Nos vemos entonces. Un beso, Graciela.

P.S.: Ya se habrán dado cuenta de que la foto es de las que circularon por mail con motivo de la movida del campo, pero no tengo lamentablemente ninguna mía despatarrada en la vereda como chicle estirado a pisotones.

2 comentarios:

SUSANA VERA - CRUZ dijo...

Mi querida Graciela, tu pueblo viviò la represiòn despiadada al igual que mi pueblo, y aùn somos sobrevivientes para seguir luchando por lo que se cree y sea justo.

Un beso enorme mi querida amiga de corazòn noble.

Susana-Agualuna

Graciela L Arguello dijo...

Hola Agualuna Es verdad, fueron años terribles, pero fuimos afortunadas de no desaparecer como tantos de nuestros contemporáneos. Hay heridas que nunca cicatrizan del todo. Un beso Graciela