Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

sábado, 21 de mayo de 2011

Otro Capítulo de Un Dios para cada uno


Los visitantes asiduos del blog saben ya que este libro lo vengo subiendo de a poco, capìtulo a capìtulo, razón por la cual si quieren leerlo completo, deben ir a la Etiqueta Un dios para cada uno, y leerlo desde abajo hacia arriba, como cuadra a todo blog.

Pero si quieren ir directo al grano, no tendrán problemas en comprender este texto, aunque no sigan el orden originalmente planteado.

Capítulo 6: El dios de la Juanita

El dios de la Juanita es un dios rígido y austero, serio y casto, hecho a la medida de esta Juanita, tan buena y tan gris. Tan soltera y tan sin alegría. Pero no es para Juanita sola, como de mi tía Finita (tan exclusiva ella), sino que le pertenece a Juanita y a otros miles de mujeres devotas que comparten con ella la soledad y el aburrimiento. El Dios de las vírgenes, las viudas, las mártires y las Magdalenas arrepentidas, con pocas posibilidades ya de reincidencia, en razón de los estragos causados por el tiempo en la carne, antes débil, y hoy fortalecida por una abstinencia prolongada. El Dios de Juanita es un dios exigente pero cordial; una especie de padre severo al que hay que reverenciar, mimar, atender y obedecer. Un dios poco afectuoso, poco comprensivo, poco comunicativo, pero justo; por sobre todas las cosas un dios justo, que acreditará (seguramente) para otra vida, ya que no para ésta; en la cuenta de Juanita, a cambio de tanta devoción, tanta sumisión, tanta veneración y renunciamiento, la Revelación Sublime, la Verdad y el Amor Divino, ya que no supo del humano.

Este dios de Juanita, da sentido a su vida, y ocupa sus lentas tardes sin color ni calor; y por eso, ya me merece alguna consideración. Ésta y cantas Juanitas pequeñas, feas, solitarias y carentes de talento, encuentran en su dios la fuerza, la razón, la compañía, la esperanza, y sobre todo, un destinatario para toda su vocación de servicio, su vocación de responsabilidad, su compromiso hacia afuera. Sin que lo sepan, en él canalizan tanto amor, de otro modo desperdiciado, y para él bordan manteles, arreglan flores, limpian altares, y bruñen cálices. Por él se acercan a los niños, enseñando catecismo en las parroquias de barrio, “maestras particulares de religión”, y dan por fin destino a su ternura. Sólo por eso, loado sea este Señor, exigente y egoísta pero consolador. Señor dios de viejecitas tristes, sin sonrisas, sin amor, áridas y secas. Mendigas inconscientes de cariño, sólo por él capaces de atravesar la barrera de su soledad, y de trasponer las puertas de las sombrías casas en que habitan; con sus mejores galas los domingos, (vestido negro, zapatos buenos, vieja mantilla primorosa, y el blanco collar de perlas familiar); y con su batoncito gris entre semana, a la hora del Rosario o la Novena. Porque recuerdo a la vieja Juanita de mi barrio, ingenua y tierna en su aridez, con tanta comprensión; sin entender a este Dios, por lo menos lo respeto, y quizás, quizás lo quiero. O al menos sé que algo se le puede agradecer: el rescate de tantas vidas que tendrían el sabor del fracaso, sin esta litúrgica golosina. Sin esta dádiva de una forma tan extraña de amor, pero tan compensadora.



Hasta aquí el capítulo, pero díganme, ¿no les tienta redimir a Silvia, esta otra viejita que lleva años viviendo en un refugio, sin ese amor personalizado que todos necesitamos?

2 comentarios:

Terox dijo...

Antes había muchas Juanitas... ahora no sé, como que pasaron de moda...

Graciela L Arguello dijo...

Todavía las hay en los pueblos pequeños de las sierras, por ejemplo, Terox, pero son cada vez menos. Claro que hace 20 años cuando publiqué el libro, había bastantes más.