Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

sábado, 1 de febrero de 2014

Otro de mis cuentos

En el mismo libro en que se publicó Pobre tonto, cuento que ya subí hace mucho tiempo, estaban incluidos otros dos relatos míos. Éste que les presento es uno de esos dos cuentos que todavía no conocían ustedes. Por eso verán la misma portada, y no verán en cambio la dedicatoria, como acostumbro.
Lo que sí será como siempre es mi clasificación gustométrica, y les va a sorprender que sea tan alta: un nueve, simplemente porque es uno de mis favoritos. Lo quiero y punto. Por eso lo califico con nueve.
Ahora lo pongo en sus manos, para que ustedes mismos lo juzguen.


El MILAGRO.

Por Graciela L.Argüello.

El otro sábado, no éste, el anterior, le pedí a mi papá que me trajera cuadernos, y lápices y gomas, para poder explicárselo de a poco. Para ir escribiendo primero lo primero, y después lo de después, porque usted no entiende, si no. Usted mezcla las cosas.

Bueno, este sábado mi papá me trajo todo lo que le dije, menos el sacapuntas, que me prometió para el próximo sábado, junto con la leche condensada y el Billiken último.

Y entonces le empiezo a contar en mi cuaderno, porque cuando hablamos en su escritorio usted no me entiende, y me mezcla todo. A mí no se me confunde el tiempo como usted cree, yo tengo más tiempos que usted, eso es todo.

Mire: está la primera vez que fui chica (no la de ahora), está el tiempo de entre medio, y está ahora, después del milagro, que soy casi siempre feliz.

De la primera parte me acuerdo poco. Sólo de mis hermanos y el oso, del vestido de plumetí, de la radio alcancía, del sombrerito verde y del lagarto embalsamado. Me acuerdo que por ahí se me perdió un papá. Me acuerdo de las monjas. Odio a las monjas.

Del tiempo del medio me acuerdo más. Sobre todo del comienzo, que  era lindo. Había música y tenía muchos amigos. Estábamos los tres. Estaba mi novio, que para que se dé una idea, era un poco parecido a mi papá (al de ahora, no al que se me perdió, que no me acuerdo cómo era) pero más joven y más flaco. Más tierno, también. Después me casé y fui grande, y fui seria y trabajaba. Y tuve dos hijos. Los extraño a veces, porque eran el sol y la luna, eran de caramelo.

Hasta que todos nos pusimos grises: mi marido y yo, la casa, las plantas. Y los chicos, con su barrita, siempre en la plaza,  o la escuela, o la pileta, o los cumpleaños, haciendo deberes o jugando. No me veían. Ellos tampoco. Digo tampoco, porque para mi marido yo era invisible desde antes, desde mucho antes.

Y pasaron tantas cosas… ¡se me murieron tantas cosas! Por cada cosa lloré sola. Y se me perdieron tantas otras, mientras estaba sola. Siempre me dejaron sola. Siempre me sentía sola. Y luché sola.

Mi mamá decía “luchar”, yo no digo esa palabra desde antes del milagro. Es una palabra que golpea. Desde el milagro no digo cosas duras ni palabras que golpean. Desde el milagro me río. Desde el milagro soy más feliz que cuando era chica por primera vez.

Porque puedo hacer tantas cosas que antes no me dejaban: puedo reírme a carcajadas todos los días de la semana. Y me tiro en el pasto. Y corro por el parque. Y corto flores. Y me subo a los árboles y hago castillos con tierra.

Ahora no voy a la escuela, ni a piano, ni a danzas, ni estudio más, ni hay monjas, ni misas, ni esas horribles muñecas que siempre, siempre, siempre me regalaban para los cumpleaños, para Reyes, para Navidad…¡Ufa!.

Y me puedo ensuciar la ropa, y se me caen las medias, y tengo el pelo suelto, sin ese odioso rodete. Y no tengo que ser abanderada.

Ya sé que usted quiere que le explique el milagro. Lo que pasó entre lo del medio y ahora. Casi no sé cómo fue. No se pueden entender los milagros.

Pero me acuerdo de que era casi medianoche, y yo volvía del trabajo, cerca de Oncativo. El colectivo venía completo, pero sin gente parada, el aire acondicionado funcionaba bien, y yo venía en el asiento 37, sintiéndome relajada, con esa sensación de ni frío ni calor, ni hambre ni sueño, ni nada. Estaba bien, ¿sabe?, bien.

De a ratos cerraba los ojos, pero sé que no dormía porque pensaba en los regalos de fin de año que no había comprado todavía, y en el aguinaldo en mi cartera, y en los chicos que pasaron de grado. Estaba despierta cuando fue mi milagro de Navidad.

El colectivo entero se iluminó de rosa, y se llenó de campanas. Y había perfume a jazmines. Y fue la luz. Como un sol, un sol dulce y cálido como una mano amiga.

El sol fundió el colectivo, y yo comencé a caminar por la ruta. Entré a un gran jardín con golondrinas en el cielo. Desde mi primera infancia no las había vuelto a ver. Y yo era feliz.

Empecé a cantar sin sentirme ridícula, y a saltar, y a correr tras las mariposas con una rama en la mano. Yo, una profesora de treinta y cuatro años corriendo con mi pollera tubo y mis altos tacos. Era un raro milagro.

Así caminé hasta esta casa, donde comprendí el milagro, porque aquí me veo todos los días en el espejo, con mis rodillas flacas, y mis zapatitos de charol y mi vestidito blanco de piqué bordado, duro de almidón, que creía ya perdidos, porque no veía desde hacía tanto tiempo.

Y desde entonces es que soy ¡por fin! casi feliz.

Porque ahora tengo a mi nuevo papá, el que se parece a mi novio de antes. El que es tierno conmigo como era él. El que me trae pastillitas de goma, y galletitas Manón. Porque otra vez estamos mis hermanitos y yo, y jugamos los tres.

Aunque yo no recordaba que tuvieran los ojos claros.

Pero le diré que sólo soy casi feliz, porque no me gusta estar siempre de este lado de esa larga pared. Porque alrededor hay gente que no siempre parece feliz. Porque no puedo andar en tren, ni ir al zoológico o al cine. Pero sobre todo, porque mis hermanitos y yo siempre lloramos cuando anuncian que las visitas se  tienen que ir…

Y a propósito, doctor, ¿por qué mis hermanitos me llaman mamá?

Y si de milagros se trata, ayúdenme a hacer el milagro de conseguir una familia para Cachito.
Hasta el sábado próximo, Graciela.


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