Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

sábado, 1 de julio de 2017

Otro capítulo de mi libro Un dios para cada uno.

Nuevamente les entrego otro capítulo de mi libro:



Capítulo 16:
El dios de los chicos.

Por supuesto fue también el mío, antes de que estrenara yo los dioses cultos que me fueron tan infieles; porque los primeros pasos teológicos, necesariamente incluyen los inefables dioses analfabetos de los chicos. Dioses sin demasiada historia y sin excesivos refinamientos, pero útiles para cada momento y cada necesidad infantil. La infancia de la mayoría de los chicos está apuntalada, aun de modo inconsciente por esa mezcla de magia, mitos, milagros, rituales, ceremonias, refranes  y leyendas que se entretejen alrededor de Lo Perfecto, para crear un dios a la medida de los niños. Aún de los niños que están bajo la égida de irresponsables como yo, que pretenden nada menos que criarlos con lucidez, incentivando su espíritu crítico. Y si ésas, nuestras inocentes víctimas sobreviven a tanto agnosticismo, es porque en el fondo, hay partes de la escenografía que dejamos intactas, más allá de todo cuestionamiento inteligente, al menos durante los primeros siete u ocho años del desarrollo de nuestra progenie. Porque, ¿en nombre de qué rigor científico privaría uno a su propio vástago de Reyes Magos, Navidades y huevos de Pascua, aún sabiendo que ese merengue sacroprofano dista mucho de ser teología? La risa, la dicha y la imaginación infantil son causa suficiente para permitirnos mil licencias, que a su vez, nos permiten cultivar su alegría.

Por eso, el dios de los niños, es un dios irresponsable, divertido y juguetón, magnánimo y dadivoso que llena las expectativas más variadas de la fantasía pueril.

Es un dios protector que se acuesta con los chicos para velar su sueño, ya sea personalmente o por medio de un Ángel de la Guardia, que los arropa en las noches de invierno, y refresca en el estío sus frentes impolutas, con un suave y adormecedor batir de alas perfumadas.

Es un ser dicharachero que se manifiesta en los bautismos y comuniones, en medio  de gran algarabía y colmado de cotillones.

Es un conejo manirroto y despilfarrador para las Pascuas, que arruina las digestiones infantiles, con montones de chocolate. Es un niñito hermosísimo que viene cargado de regalos y bullicio en Navidad.

Es una trilogía monárquica, que cambia pasto y agua por infinidad de juguetes en la más maravillosa de las vigilias de la niñez.

Pero es también, y de a ratos, un padre algo severo que “ya te va a castigar” según amenaza alguna abuela castradora.

O es un tenebroso hálito medieval que se enseñorea de las penitencias, los ayunos y las cenizas de la Semana Santa, colmando de vagas ansiedades la imaginación de los chicos.

Y es la sombra de una cruz, que oscurece el resplandor de ese dios tan maravillosamente inocente, tan deliciosamente divertido y tan endomingado, de los chicos de nuestra cultura.

A ese dios, porque fue mío, porque matizó mi infancia, y porque se lo presté a mis hijos para Navidad, Reyes y Pascua, le perdono su banalidad, y lo quiero un poco, no sin dejar de ver que a todos nos ha hecho mercenarios; capaces de ayunar el viernes sólo por el huevo de chocolate del domingo. Porque a todos nos quedó en el subconsciente, la convicción infantil de que bien puede aguantarse la misa del Gallo, a cambio  de los regalos del arbolito navideño. 


Y ahora recuerden que los perros, que son eternamente niños, deben tener un dios, al que Lautaro le viene pidiendo un hogar hace ya una vida. ¿Quién quiere ser su Ángel Guardián? 
Un abrazo y hasta el próximo sábado. Graciela.  
 

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