Bartimeo y Federico Alfonso, los ángeles del blog.

sábado, 8 de julio de 2017

Capítulo III de mi Autobiografía Bizarra.

Capítulo III de "Autobiografía Bizarra" 
por Graciela L.Argüello.

Si ustedes tienen por lo menos dos neuronas conectadas, ya se habrán dado cuenta de que entre los capítulos I y II, se interrumpió un poco el hilo de la historia, de modo que en este tercero, prometo hacer buena letra y retomar el cuento donde lo había dejado en el capítulo I... o no, ya veremos.
Retomo pues el camino que nunca habría abandonado, si fuera yo la de las dos neuronas conectadas... pero como ése no es el caso, ya mismo se me acaba de ocurrir otra cosa.
Y es que bien mirado, vale también hacer digresiones cuando de aclaraciones significativas se trata, y ellas sirven para comprender mejor el "desenrrollo" de una persona.
Saliendo otra vez del bizarro recorrido de la bizarra biografía de una bizarra persona (que vengo a ser yo), les cuento que la palabra desenrrollo la he adoptado a partir de uno de esos desopilantes diálogos del inefable Cantinflas. Sí ya sé, hace mil años, cuando  yo era chiquita precisamente.
Pero volvamos, volvamos al redil: decía pues, que hay razones que explican las particularidades personales que surgen en la infancia, y que un simple ejercicio de memoria le permite a uno ahorrarse el psicoanalista.
Por eso puedo perfectamente explicar mi total desapego  (o más apropiadamente, rechazo liso y llano) a la cocina en el intervalo pre ingesta, por más que a la hora de ingerir, nada me aleja demasiado de ese cálido rinconcito hogareño. 
Para los más lentos en la comprensión de textos, aclaro que lo anterior significa que llevarme a la cocina para cocinar, es casi una hazaña; pero que para comer me las pinto solita, y muy prestamente me verán como al gato Tom, con los cubiertos en ristre y la servilleta anudada al cuello, relamiéndome el hocico...o casi. 
Pero vayamos a las ocultas razones de esta peculiar idiosincrasia.
Cuando yo era muuuuuuyyyyy chiquita, en mi casa había (como leí en alguna parte) sólo dos menúes disponibles: a) lo comes o b) lo dejas... y ninguno aprobaría las reglas de la comida sana, tan en boga hoy en día.
Esto hablaría mal de la dedicación doméstica de mi madre, la Clory, si no fuera por las tres razones siguientes:
  1. Ella no tenía mucho tiempo disponible, porque trabajaba full time (y horas extras), para poder mantener ella solita, a los tres trogloditas que éramos mis dos hermanos varones y yo.
  2. Ese desprecio por las artes culinarias tuvo resultados muy positivos que les contaré en el próximo capítulo; y estaba más que compensado por una actitud en todos los otros campos del saber, que nos dotaron de una educaión privilegiada, cosa que también irán leyendo más adlante.  
  3. Su incapacidad culinaria no era tan real como la mía, sino más bien simulada, en el marco de una estrategia destinada a ahorrar tiempo y esfuerzo, que eran mejor aprovechados en áreas alejadas de lo doméstico. 
A esto  último lo descubrí muuuuuchos años después, cuando al comenzar nuestra adolescencia,  la casa empezó a llenarse de amigos hambrientos, y ella demostró sobradamente que si se le antojaba podía cocinar como los dioses.
Cierto es que sólo se le antojaba muy de vez en cuando, o como ella misma diría, cada muerte de obispo
Eso ocurría solamente  en las siguientes circunstancias:
  • uno que otro domingo, 
  • en fiestas de guardar, 
  • con alguna visita especial, sobre todo si era de las cuereadoras, o se trataba de alguna de mis tías, que eran el colmo de la dedicación en los aspectos en que mi madre patinaba.
  • cuando éramos demasiados a la mesa, y el bolsillo no daba como para recurrir a los consabidos sandwiches de jamón y queso, en pan francés y con abundante manteca, que preparaba Juancito, el del kiosco del frente; o a los gigantescos de milanesa del Bar Cayetano.
Casi todos estos temas serán seguramente ampliados en la biografía, por lo importantes que fueron en mi historia.

Ahora, piensen en la posibilidad de adoptar a Lautaro, para tener un valioso e insuperable personaje en sus vidas, para la hora en que se les ocurra escribir sus propias autobiografías.

Un abrazo y hasta el próximo sábado. Graciela.

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