Bartimeo, Federico Alfonso y Elvira Inés, los ángeles del blog.

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sábado, 2 de octubre de 2021

Un capítulo extra para "Un dios para cada uno"


Ya hace mucho que terminé de subir, uno a uno, los capítulos de mi libro publicado en papel, "Un dios para cada uno" , pero luego se me ocurrió que faltaban algunos dioses, y hoy vengo a agregar uno de ellos.


Un dios para cada uno.
Primer Capítulo extra: El dios de los animales.  

Éste sería un dios protector y justiciero, alejado por completo de las iglesias que basan su filosofía en caprichosas elucubraciones donde una serpiente es la encarnación de las fuerzas malignas que definieron la expulsión de los seres de un supuesto paraíso.
El dios de los animales, en cambio, haría a cada uno responsable de sus actos y sus correspondeintes consecuencias, en la justa medida de su propia capacidad de decidir.
Aun figuradamente, si uno decide manducarse una manzana prohibida, que no ande echándole la culpa a imaginarios reptiles parlantes, ¡por favor!
Ese dios, además, sería capaz de incorporar empatía y comprensión emocional en el entramado mismo del ADN de los humanos, que mucho lo necesitan, a pesar de creerse tan superiores como para pensarse hechos "a su imagen y semejanza" (de dios, se entiende). 
Y eso se reflejaría en un hombre incapaz de inventar atrocidades como "la fiesta brava", las peleas de perros, la riña de gallos, las cacerías "deportivas", las jineteadas, las mutilaciones "estéticas", y tantas otras crueldades aberrantes e innecesarias.
Este dios se ocuparía de fulminar en el acto a esos monstruos que torturan animales indefensos, o los abandonan a su suerte porque se cansan de ellos, o porque se mudan de casa, porque aumenta el precio de su alimento, o porque los consideran demasiado viejos, enfermos o simplemente traviesos, como para merecer sus cuidados.
Sería este dios, muy caro a mis sentimientos, si al menos en homenaje al legendario buey del pesebre, se arremangara como corresponde, para darle una buena tunda a cuanto torero, disfrazado de mariposa con su ropita de luces, se aprestara a ingresar a la arena para teñirla con una sangre inocente, salvajemente derramada en aras de la soberbia, el dinero y la estulticia.
Pero cuando estoy a punto de creer en un dios así de manso, aunque justiciero, como ése, me vienen a la memoria los rituales sacrificios de algunos relatos bíblicos, y debo resignarme a reconocer que ese dios mío, animal y querible, tampoco existe, más allá de mis propios sueños y deseos, y me veo obligada a buscar en otra parte el camino hacia una inocencia suficiente como para creer que hay un ser omnipotente y generoso, al que podríamos llegar a importarle algo más que un rabanito.



Espero que en homenaje a ese hipotético dios de los animales, se tomen el trabajo de visitar páginas como ésta, donde pueden adoptar perritos y gatitos llenos de amor. 





Un beso y hasta el próximo sábado. Graciela.

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